sábado, 28 de julio de 2007

Palestina como estado fallido

por Shlomo Aveneri.

Cada semana parece que Palestina da un paso más hacia atrás. El fracaso del Presidente Mahmoud Abbas para convocar a una asamblea legislativa palestina debido al boicot de Hamas puede conducir inexorablemente al colapso definitivo de las estructuras políticas que se crearon bajo los Acuerdos de Oslo. Lamentablemente, este es sólo el capítulo más reciente de la trágica historia de intentos fallidos de los palestinos para crear un Estado nación.

Los palestinos consideran su historia como una lucha contra el sionismo e Israel. Pero la realidad es más complicada, y ha estado marcada por los repetidos fracasos para crear un cuerpo político coherente, incluso cuando se han presentado oportunidades históricas.
Tal vez el primer fracaso sucedió en 1920, cuando las autoridades británicas en Palestina alentaron a las dos comunidades nacionales –judíos y árabes—a que establecieran instituciones comunitarias de autogobierno que se encargaran de la educación, la seguridad social, la vivienda y la administración local.
Los judíos –que en ese entonces eran menos del 20% de la población de la Palestina británica—establecieron lo que se conoció como el Comité Nacional (Va’ad Leumi), basado en un órgano elegido, la Asamblea Representativa de los Judíos Palestinos. Para esta asamblea se llevaban a cabo elecciones regulares, en las que a veces competían hasta una docena de partidos.Esta institución autónoma se convirtió en la precursora de la estructura política del naciente Estado judío, y sus líderes --David Ben-Gurion entre ellos—surgieron como la futura élite política de Israel. Israel tuvo éxito como nación, con una vida parlamentaria activa y en ocasiones turbulenta, precisamente porque sus líderes aprovecharon esta oportunidad.
Sin embargo, los palestinos nunca crearon estructuras embrionarias de un Estado similares: se estableció un Comité Superior Árabe, compuesto por notables regionales y tribales, pero nunca se celebraron elecciones. El Mufti de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini (que posteriormente fue aliado de la Alemania Nazi), se convirtió en su presidente, pero el órgano nunca fue capaz de crear un liderazgo nacional con aceptación general, ni de ofrecer a la comunidad árabe la variedad de servicios educativos y de seguridad social que las instituciones judías elegidas dieron a la suya.
El segundo fracaso ocurrió durante la revuelta árabe contra la administración británica de Palestina de 1936 a 1939, que estuvo acompañada de grandes ataques terroristas contra civiles judíos. La revuelta misma fue violentamente reprimida por el ejército británico, pero no antes de que una división en la comunidad palestina diera origen a dos milicias armadas –una basada en el clan Husseini, y la otra en los Nashashibis, más moderados—que se atacaron salvajemente entre sí. Más palestinos murieron por estas luchas entre las milicias rivales que a manos del ejército británico o las fuerzas de autodefensa judías.

El tercer fracaso –aun más trágico—se dio en 1947-48, cuando los árabes palestinos rechazaron el plan de partición de Naciones Unidas, que contemplaba un Estado árabe y otro judío independientes tras el retiro de los británicos. Mientras que los judíos aceptaron este arreglo, los árabes palestinos, apoyados por los países de la Liga Árabe, lo rechazaron y declararon la guerra contra el incipiente Estado de Israel.
La derrota árabe palestina en esta empresa y el resultante problema de refugiados fue un momento de definición para los palestinos. Pero lo que a veces se pierde de vista en este relato es que, mientras prácticamente todos los sectores de la sociedad árabe palestina rechazaron el plan de Naciones Unidas, los palestinos fueron incapaces de diseñar instituciones políticas coherentes y un comando militar unificado con el cual afrontar a la comunidad judía que era mucho más pequeña. En contraste, la asediada comunidad judía, bajo el liderazgo de David Ben-Gurion y la fuerza de autodefensa judía (la Hagannah) fueron capaces de movilizar, a través de sus instituciones democráticas y con un disentimiento marginal, los recursos necesarios para una campaña militar exitosa.
En efecto, muchos líderes políticos palestinos huyeron a Beirut o El Cairo una vez que la violencia se desató. El clan Husseini estableció su milicia en el área de Jerusalén. Cerca de Tel Aviv, en la colindante Jaffa, una milicia adversaria, bajo el mando de Hassan Salameh, tomó el control. En el norte del país, una milicia basada en Siria, dirigida por Fawzi al-Kaukji, atacó pueblos judíos. Los árabes de Haifa, más moderados, trataron sin mucho éxito de permanecer al margen de la lucha.
La desunión hizo que la derrota árabe fuera casi inevitable. Además, las cicatrices de la virtual guerra civil de los años 1930 no han sanado: la sospecha mutua y los recuerdos de las masacres destructivas viciaron la cooperación y la confianza.
El último fracaso ocurrió cuando los Acuerdos de Oslo de 1993 entre Israel y la OLP establecieron la Autoridad Palestina autónoma bajo el control de Yasser Arafat. En lugar de crear la infraestructura del futuro Estado palestino, con las diversas funciones que poco a poco se transfirieron del ejército israelí a la Autoridad Palestina, Arafat creó un Estado mukhabarat (servicios de seguridad), como en Egipto, Siria y (hasta la caída de Saddam Hussein) Iraq.
Arafat y sus seguidores del Fatah establecieron casi una docena de servicios de seguridad rivales –algunas veces indistinguibles de las milicias basadas en los clanes- que consumían más del 60% del presupuesto de la Autoridad Palestina, a costa de la educación, vivienda, seguridad social y rehabilitación de los refugiados. Hamas irrumpió en este vacío con su red de escuelas, servicios sociales, centros comunitarios y organizaciones de ayuda. La toma de Gaza por parte de Hamas fue sólo el paso más reciente de estos acontecimientos.
Es fácil culpar a individuos de la crisis palestina actual –ya sea Arafat o Abbas. Es todavía más fácil culpar a la ocupación israelí o a las políticas estadounidenses. Ciertamente hay muchas culpas que repartir. Pero todos los movimientos nacionales –el griego, así como el polaco, el judío y el kurdo- inician en la adversidad.
Los palestinos tienen una historia difícil –una de desunión interna y de conflictos intestinos- que superar. Se encuentran otra vez en una encrucijada y depende de ellos trascender su trágica herencia. Nadie puede ayudarlos si no logran formar un liderazgo coherente, consensual y razonablemente unido –lo que Abbas mismo denomina “una ley, una autoridad, un arma”.

Shlomo Avineri es profesor de ciencias políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén y fue Director General del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel.

Fuentes: Project Syndicate, julio 2007. Traducción de Kena Nequiz. Amigos Argentinos de Shalom Ajshav.

2 comentarios:

Alks "Gemeh Djeseret" Per-aa dijo...

La verdad es que no se puede comparar esos movimientos nacionalistas. El judío ha sido un movimiento auspiciado por distintas garantías, desde la declaración balfur como el apoyo sistemático de los judíos del exterior. Además, se impregnó en los ideales socialistas del Kibbutz, que construirían las bases de la Israel jóven.

Los palestinos nunca han tenido un estado propio, y tampoco tenían la capacidad de aprovechar las mejores tierras y recursos, que estaban (y todavía están) en manos de colonos judíos.

BuenaPrensa dijo...

Alks:

Estás equivocado.
El movimiento judío no ha tenido más garantías que los nacionalismos arabes. En 1917 está la Declaración Balfour, pero en 1915 estuvo el Acuerdo Huseyn-McMahon. Y por esos tiempos, aunque pese y suene a propaganda, no existía algo llamado "pueblo palestino". La tragedia es que una parte del pueblo arabe, terminó siendo rechazado por los distintos movimientos nacionales. Los "arabes del 48", que son exactamente los mismos que los Jordanos o Egipcios, fueron rechazados por sus hermanos y el pedazo de tierra para su país fue ocupado por sus hermanos arabes. En su momento no les importó, porque pensaban destruir a Israel y fundar su Estado en lugar del Estado de Israel.

Volviendo con el tema de tu comentario, también es falsa la idea del "apoyo sistemático de los judíos del exterior". El sionismo fue, en sus primeros 40 años de existencia, un movimiento minoritario. De élites intelectuales y de jovenes, pero no de masas. La mayoría de las comunidades judías de la diaspora no eran sionistas. Esto cambia a partir de la Segunda Guerra Mundial. Pero es erroneo pintar al sionismo como un movimiento con mucho apoyo o muy masivo. Solo fue masivo en los ultimos momentos.
Respecto a lo de aprovechar las mejores tierras, también estás en un error. Lo que les faltaba a los arabes no era la capacidad para aprovechar las mejores tierras, sino la capacidad para aprovechar mejor la tierra que tenían.
Las tierras que compraban los judíos eran las mismas tierras subutilizadas por los arabes. Eran los pantanos llenos de malaria y pestes.
No es que los judíos compraran mejores tierras, sino que los judíos usaban mejor la tierra y mejoraban la tierra. Y no porque los judíos sean superiores a los arabes, sino por mera capacidad. Los judíos que llegaban a Palestian tenían niveles de instrucción muy superiores a los arabes.
Si a esto le sumas el espiritu pionero de los ideales kibbutzianos, de sacrificio, de trabajar duro por la comunidad, etc., y cuestiones relacionadas al régimen de propiedad de la tierra (no es lo mismo trabajar la tierra de otros como hacían los peones arabes con sus señores feudales que trabajar tu tierra como hacían los judíos).

Saludos!
Buena Prensa, Buen Mundo!